Cuentos del Conejo


He estado a su lado. Le he estado cuidando. Es alguien tímido, muy lindo, cariñoso, con fuerte temperamento, pero sabe exactamente dónde utilizarlo, ya que siempre dice “gritar es lo opuesto a tener carácter”.

Somos, curiosamente, vecinos circundantes, pues vivimos a un par de calles de distancia.

Durante las mañanas en mis viajes al tren la he visto en el mismo vagón, en su mismo asiento.

Su rostro blancuzco, lleno de pecas e ilusiones, refleja mucha tristeza en los últimos días. Su cabellera rojiza que parece un mar, es ahora una tormenta llena de remolinos, confusiones y rugidos de león.

En la misma estación se baja y camina, para perderse entre todos sus compañeros de clases. Por temor evito acercarme y platicar con esa persona. ¿Cómo reaccionará?, ¿Qué le diré cuando ya estemos platicando?, ¿le agradaré?, son algunas de las cuestiones que invaden mi mente.

Yo trabajo de ocho de la mañana a seis de la tarde en una pequeña y humilde oficina corporativa y, aunque admito que me gustaría ver a esa persona más seguido, no puedo debido a que sale a las tres de la tarde y regresa a casa, así que mi única ocasión es en las mañanas.

Desde que me gradué hace casi cinco años, mi vida rutinaria ha sido la de levantarme temprano, arreglarme, ir a trabajar y en la noche, regresar a casa prácticamente a dormir. La vida social es casi nula, pues mis compañeros, tanto de preparatoria como universitarios, ya se casaron e incluso, los más aventurados ya tienen hijos.

Todo cambió una ocasión en que esa chica, de piel blanca como la nieve, con lindas “manchas” en el rostro, cabello ondulado rojizo, delgada y con una animosidad que contagiaba, junto a su uniforme escolar oscuro entraron esa mañana en el tren.

Sentí que mi vida, aunque fuera por unos instantes, recobraba su sentido. Así ya han pasado casi dos años y ni una palabra se ha dicho entre nosotras.

La tarde del 2 de abril, retornaba a casa después de un muy patético día en la oficina. Nada me salía bien y alrededor de las 18:30 horas, esa chica iba en el mismo tren, en el mismo vagón de siempre.

Con un poco de valor, me acerco a ella.

-Hola- menciono tímidamente, a pesar de mi edad.

-Hey- replica de forma muy evasiva.

-Soy Diana, trabajo como “ejecutiva” en una oficina y tengo 26 años-

Escucho un largo y profundo suspiro. Por un instante creo que se irá y me deja con la palabra en la boca. El tren se detiene mientras personas bajan y suben sin cesar. Ella se levanta de su asiento y antes de salir dice.

-Soy Erika. Hasta mañana- sonrío lo mejor que pudo, a pesar de lo que sentía.

Eso me dio un poco de esperanza y animo también.

Pasaron los días y nuestra relación era más amena. Me contó que había tenido esa actitud porque cortó con quien supuestamente era su novio, ya que solo buscaba sexo y no algo más estable.

Verla con uniforme y platicar en los trayectos nos daba nuevos bríos, pero salir con ella, aunque sea 10 años menor que yo, me hacía sentir viva, me excitaba.

El verano arribó rápidamente,  donde un sábado ya de julio, quedamos de vernos para ir a un centro comercial. Ahí todo cambió.

Usando un largo vestido color crema, zapatillas color marrón y un bolso pequeño, llegó al lugar acordado. Realmente contrastaba conmigo, quien, a pesar de usar también una falda azul claro con vivos en blanco y altos tacones negros, en ella se veía mucho mejor y juvenil a la ya considerada “quedada”.

Tomadas de la mano y sin importar lo que dijeran otras personas, fuimos paseando. Algunos debieron pensar que éramos hermanas.

En la zona de comida, me suelta repentinamente, mientras observando a mis alrededores, noto a un pequeño grupo de chicas, que supongo son amigas de ella, quienes apenas la reconocen, se acercan, comenzando a molestarla.

Tras sus burlas, se van y la dejan al borde del llanto. Como puedo y con mi poca experiencia al respecto, la tranquilizo, saliendo del lugar y tomando el bus con camino desconocido.

Llegando a un área residencial donde no hay mucho paso, comento que esas chicas casi la obligan a hacer algo de lo cual se iba a arrepentir toda la vida, con el chico de la otra vez. Instintivamente la abrazo y comentándole “todo estará bien. Estoy aquí para ti”.

El momento cambia de un momento a otro, pues nos vemos a los ojos, ella con cascadas saliéndole y yo como si fuese un león rugiendo. Eso decían nuestras miradas.

De la nada, le doy un beso a lo cual, ella corresponde casi de inmediato. Segundo de nuestro cariño pasaron y al separarnos, su tristeza cambia a alegría.

-Te tardaste en besarme- dice invirtiendo los roles.

Fuimos a mi departamento, donde apenas entramos, nuestra pasión se desbordó, con besos y caricias por nuestros cuerpos.

Su conjunto blanco contrastaba con el tono negro del mío. Ve mis pechos un instante y los acaricia, los seduce con su toqueteo. Les da un tierno beso el cual me hace soltar un pequeño gemido.

-La ropa engaña- menciona en forma de burla mientras continúa con su roce. De pronto, me quita la última prenda de mi repertorio, dejándome prácticamente indefensa. La punta de su lengua recorre mi piel desnuda, mi cuello, mis costados, mi vientre, pasando por mis muslos hasta mis pies. No quiere dejar pasar ni un solo centímetro.

Al llegar a mi entrepierna, la detengo y le confieso –T-te parecerá increíble, pero, nunca antes he tenido relaciones…- me apeno tanto que oculto mi rostro en la almohada.

Me observa un momento y sonríe, levantándose y dándome un tierno beso en los labios.

-También es mi primera vez- menciona  mordiendo con suavidad mi cuello.

De la nada, un relámpago recorre todo mi ser, haciéndome soltar un fuerte gemido. Sus labios en mi cuello, sus manos que apenas hacen contacto con mi piel y la hacen vibrar de manera tal que estoy en el cielo, cerca del clímax.

Silencio y oscuridad es interrumpido de forma repentina ante un fuerte gimoteo, donde mis caderas se mueven por su cuenta, mi mente se pone en blanco y mi espalda hace un arco, como si fuese un puente.

-Me había masturbado antes, pero esto fue muy diferente- comento adormilada, mientras mi amante, se acomoda entre mis pechos.

-Estas son las almohadas más cómodas del mundo- responde con mucha alegría, descansando juntas.

La mañana llegó de forma rápida y me atrevería a decir, repentina.

Fatigadas por el ejercicio de ayer, tomamos juntas una ducha, donde de nueva cuenta, nuestra pasión y nuestro amor se fundió, donde el amor nos hizo a nosotras.

Risillas, comentarios, cuchicheos, se escucharon hasta esa noche. Para nuestra fortuna o no, le dijo a sus padres que pasaría el fin de semana con una amiga. Y no mintió, pues la acompañé hasta su casa y para evitar que la regañaran y la castigaran, hablé con ellos, mencionándoles que fue una sesión intensiva de estudios, pues sus calificaciones habían bajado considerablemente.

Obviamente no se tragaron eso, pero nos dijeron que fuéramos “discretas”.

Viajes, sesiones reales de estudio, salidas a comer o a pasear, hacer el amor casi en cualquier lado, con el vértigo de ser descubiertas.

Desde que la conocí, siempre la he estado cuidando, siempre he estado a su lado y ahora, ella también lo está. Ahora en su graduación y posterior entrada a la universidad, donde podremos por fin, vivir juntas como lo imaginamos.

Nuestra vida cambió desde aquella ocasión.

¿Por qué no le dije ese “hola”, antes?

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